Casi mil militares presos sin condena: al enemigo ni justicia

16 octubre 2011

Domingo 16 de octubre de 2011 – La Nación

 

Por Mariano Grondona

El lunes pasado, el filósofo Santiago Kovadloff publicó en LA NACION un artículo titulado “La media verdad que nos falta” , en el cual analiza en términos elogiosos el reciente libro de Pepe Eliaschev Los hombres del juicio, que su autor ha dedicado a entrevistar a los magistrados que juzgaron y sentenciaron a prisión perpetua, por unanimidad, a los ex comandantes del Proceso. Con 531 páginas, el libro de Eliaschev dista de ser una mera colección de entrevistas. Es, más allá, un estudio completo y profundo de las circunstancias y las personalidades que se reunieron para impulsar el llamado “juicio del siglo”, la primera vez en nuestra historia que, por iniciativa del presidente Raúl Alfonsín, un tribunal civil se animó a juzgar al gobierno militar que lo precedió, lo cual no había ocurrido en 1931, 1946, 1958, 1963 ni en 1973, las cinco ocasiones previas a 1983 en que un régimen militar devolvió el gobierno a un sucesor constitucional.

En su artículo, Kovadloff alaba no sólo la concienzuda obra de Eliaschev, sino también los conmovedores testimonios de los magistrados que se “confesaron” ante éste, dejando al desnudo el drama y los dilemas que les tocaron vivir hasta que una madrugada, a las seis de la mañana, completaron insomnes su tarea con una mezcla de alivio y de dolor después de haber pasado días y noches en medio de ásperas discusiones y cruciales interrogantes.

Es que hay dos diferencias esenciales entre el traspaso de lo militar a lo civil de los cinco golpes anteriores y el traspaso de 1983, cuando se volvió a fundar la democracia en la que hoy vivimos. La primera es que, de 1931 a 1973, el gobierno civil se restauró a medias porque las Fuerzas Armadas le trasladaron el gobierno a un presidente electo, pero se quedaron con el poder, condicionando así a sus sucesores. Esto no ocurrió en el caso de Alfonsín, quien fue el primer presidente civil que asumió tanto el “gobierno” como el “poder” debido a que las Fuerzas Armadas habían quedado desmembradas por la Guerra de las Malvinas, un conflicto que Juan Bautista Yofre acaba de narrar en su libro 1982 , un documento tan imborrable como el del propio Eliaschev. La segunda diferencia entre ambos traspasos es que los “pecados” de los gobiernos militares entre 1930 y 1973, que sin duda existieron, no fueron ni remotamente comparables a la feroz represión del régimen militar de 1976-1983, que generó miles de atentados sin parangón contra los derechos humanos.

LA “MEDIA VERDAD”

En su análisis del libro de Eliaschev, Kovadloff se ocupa de “la media verdad que nos falta”. ¿Cuál es ella? En palabras de Kovadloff, “reconocer las acciones criminales de quienes, antes del golpe de 1976 y en nombre de la patria socialista , embistieron contra el orden constitucional, ya que está probado que el terrorismo fue el primero en recurrir a la violencia armada y que siguen pendientes de condena los responsables de tantos secuestros y asesinatos cometidos en nombre de esapatria socialista y en desmedro de la democracia y la Constitución”. Continúa Kovadloff: “Los terroristas jamás fueron juzgados ni tampoco sus víctimas fueron reconocidas como tales, y ello deja la sensación amarga de que la media verdad ganada sobre aquel oscuro país que fue el nuestro debe y puede llegar a convertirse en una verdad entera”.

Según las fuentes a las que hemos consultado, esta otra “media verdad” tendría que incluir el hecho de que aún hoy hay alrededor de mil militares presos sin condena. Algunos de ellos pueden haber cometido crímenes de lesa humanidad, pero todos ellos siguen en prisiones comunes con procesos inexplicablemente aletargados que se prolongan indefinidamente, sin que el Estado de Derecho, que es por definición el nuestro, haya avanzado resueltamente después de que el presidente Kirchner, a partir de 2003, ordenó encarcelarlos.

Se nos dirá: pero ¿no son sospechosos los encarcelados de haber cometido crímenes de lesa humanidad? A esta pregunta que aún no tiene repuesta indudable en los tribunales habría que agregarle esta otra: ¿cómo probar los crímenes que supuestamente cometieron sin el debido proceso , que es el único camino que admite nuestra Constitución? ¿O la sola sospecha acerca de sus conductas permite encarcelarlos, como hoy, prácticamente sin término? Hay un principio que hoy parece lejano: la presunción de inocencia de los acusados hasta que medie una condena firme contra ellos. De 1976 a 1983, miembros de las Fuerzas Armadas violaron horrorosamente los derechos humanos. Pero ¿basta esta afirmación incontrastable para encarcelar indefinidamente a los sospechosos de haber cometido esos abominables abusos, a veces por el solo hecho de que eran militares? Al mantenerlos en la cárcel, así, ad infinítum, sin plazos a la vista, lo que ha desencadenado el kirchnerismo desde 2003 hasta la fecha, ¿son entonces actos de justicia o actos de venganza? ¿Son actos de justicia, cuando una alta proporción de los detenidos tienen más de setenta años y merecerían por ello la prisión domiciliaria que se les desconoce? ¿Son actos de justicia cuando cerca de 140 de ellos han muerto en la cárcel sin condena, por enfermedad o por vejez?

¿VENGANZA O CONCORDIA?

Cuando Alfonsín arribó al poder, al promover el juicio contra los ex comandantes lo limitó a los supremos responsables de la represión, siguiendo así el criterio restrictivo del tribunal que condenó a los máximos responsables de la barbarie nazi. Dos criterios campearon en Nuremberg: uno, que Hitler y sus secuaces habían cometido crímenes de lesa humanidad , esto es, crímenes tan graves que habían lesionado a la humanidad como tal; el otro, que era imposible juzgar a los miles de alemanes que, en su momento, habían apoyado a uno de los grandes carniceros de la historia. Al limitar el juicio a los ex comandantes del Proceso, ¿no siguió acaso Alfonsín este mismo criterio? Las leyes de punto final y de obediencia debida, ¿no apuntaron en esta dirección? Los indultos de Menem y de Duhalde beneficiaron a militares y terroristas por igual.

Lo que hubo entre 1983 y 2003, entonces, fue una amnistía gradual . Pudo pensarse que de este modo se daba término al odio entre argentinos. Pero al asumir el poder en 2003 el presidente Kirchner nos retrotrajo de golpe a la raíz de los terribles años setenta. Lo que estamos viendo ahora, ¿es por ello el retroceso de la pacificación de 1983-2003, y su reemplazo en nombre de la venganza por lo que ocurrió hace treinta años?

La venganza encierra un mecanismo incesante. Cuando un grupo agravia al otro, siente su ofensa como algo menor si se la compara con lo que siente el grupo agraviado. Cuando éste ejecuta su propia venganza, infiere a su vez una ofensa que el grupo ofendido siente como algo mayor. La secuencia de las venganzas recíprocas se vuelve, así, inexorable, transmitiéndose a hijos y nietos. Este oscuro mecanismo puede tornarse interminable; basta recordar, en tal sentido, que los serbios y los croatas, antes de la paz actual, se han odiado a lo largo de mil años.

¿Queremos este fatídico derrotero para nosotros? Aunque silenciadas, ya hay organizaciones de hijos y nietos de militares que maduran, quizá, su propia revancha. La única manera de ponerle coto a esta fatídica secuencia es la reconciliación. Cuando Mandela tomó el poder en Sudáfrica, lo primero que hizo fue promover el perdón recíproco de los blancos y los hombres de color. Hoy, Sudáfrica es un ejemplo de democracia. ¿Nos queda demasiado lejos este horizonte? Este es, al menos, el temor de Kovadloff.


EL PRESENTADOR DEL DR. LORENZETTI

14 octubre 2011

Perplejo, he leído que el presidente de la Corte Suprema de Justicia eligió a Eduardo Anguita para que presentara su libro “Derechos humanos, justicia y reparación”.

 

El gesto del Dr. Ricardo Lorenzetti, de singular significado, no parece evidenciar “el respeto y la tolerancia” que se autoadjudica el magistrado, ni es prueba de “la igualdad ante la ley para todos” que predica; más bien se asemeja a una burla al dolor de las víctimas del terrorismo guerrillero, se aleja de la prudencia e imparcialidad con que deben conducirse los jueces, y anticipa que para algunos de ellos hay una sola clase de derechos humanos.

 

Como miembro de la organización terrorista ERP, que secuestrara y asesinara a mi padre, Anguita integró el grupo guerrillero que copó, el 6 de septiembre de l973, el Comando de Sanidad del Ejército, asesinó al Tte Cnel Juan Duarte Hardoy e hirió a un oficial y a un conscripto, en el marco del ataque sistemático a la población civil que en pleno gobierno constitucional realizó el terrorismo guerrillero para imponer un régimen marxista.

 

Confío que otros jueces tendrán el coraje para desoír la convocatoria del Dr. Lorenzetti a imitar su cuestionable proceder, y alguna vez juzgarán a los guerrilleros que entonces torturaron, secuestraron y asesinaron a miles de personas, y a quienes hoy presuntamente malversan los caudales públicos indemnizando a los deudos de los guerrilleros muertos durante el ataque a cuarteles, en plena democracia.

 

Y espero también que cuando la causa por el asesinato de mi padre llegue a la Corte, el Dr. Lorenzetti tenga el decoro de excusarse, porque evidentemente con su gesto ha prejuzgado.

 

 

ARTURO LARRABURE


El grito de HyNPP del 27 de septiembre de 2011

3 octubre 2011

La institucionalización del sistema de condenas preestablecidas:

 

A propósito del acto del 27 de septiembre del 2011

 

Ya hace largo tiempo nos preguntamos qué hacer frente a la impotencia que vivimos. ¿Qué hacer con ella? Se intentan cosas, se medita, se piensa, se reza, se es paciente, hasta que al final se grita.

 

El 27 de septiembre fue el grito de la impotencia que vivimos diariamente. Un alarido de dolor. No es antojadiza esta afirmación, no se trata de un grupo de inadaptados que quieren hacerse notar, ni de extrema derecha, ni de reivindicadores del gobierno militar, nada más alejado de la realidad. Se trata del estallido de indignación como hijos en defensa de sus padres, familia y nación, contra toda una estructura premeditada de poder que se junta en un salón mostrándose omnipotente e invencible y plasma en textos su plan sistemático de destrucción.

 

Allí estaban todos juntos como una gran sociedad anónima: jueces, ministros, fiscales y defensores. Incluso el periodista Eduardo Anguita, integrante del Ejército Revolucionario del Pueblo, hizo honores con su palabra al libro del Ministro de la Corte. Cómo no reaccionar, si era la prueba de la cofradía del poder que subsiste detrás de todos y cada uno de los juicios actuales.

 

Como no gritar cuando el presidente de la Corte Suprema de Justicia, que deberá revisar en última instancia los casos de nuestros padres, se encuentra presentando un libro y exponiendo los futuros fundamentos de la confirmación de los castigos.

 

Como no gritar si se encuentra prejuzgando continuamente cuando afirma la institucionalización de los juicios = condena de los militares y la continuidad irrefrenable en este camino.

 

Desde una estructura lógica, si la máxima autoridad judicial invita a sus inferiores a continuar en este camino y, asimismo, afirma la institucionalización de los juicios y la no marcha atrás ¿cómo va a contradecir en un futuro a los jueces que siguieron su recomendación o mandato y va a modificar algo que procura ser establecido y de lo que no se vuelve? ¿No haría con un fallo adverso implosión de su propia pretensión? Porque debemos estar atentos, esta supuesta institucionalización recién ha comenzado, todavía necesita que sus bases sean solidificadas, y el medio elegido es la irrestricta decisión de confirmar todas las condenas, reafirmando la doctrina impulsada desde los fallos de Arancibia Clavel , Simón y Mazzeo. Esta es la política de Estado de Derechos Humanos que tanto hemos escuchado mencionar.

 

Sin embargo, para que algo esté institucionalizado no es suficiente un fortalecimiento formal, que es su sostenimiento en el tiempo, sino que es necesario el fortalecimiento real que es la aceptación por parte de la sociedad de la justicia y de la necesidad de esa institución.

 

Entonces ¿es posible que esta sesgada institucionalización perdure? Y aquí nos remitimos al señor Pérez Esquivel, premio Nobel de la paz, que dijo, en un momento, de la necesidad de que no se repita el horror. Pues bien, el horror está presente hoy: 145 muertos, prisiones preventivas eternas, sufrimientos innecesarios de enfermos terminales sujeto a prisiones comunes, parodias judiciales, condenas de por vida sin juicio justo, complicidad del Poder Legislativo y Judicial, indiferencia de la sociedad, discriminación y exclusión.

 

Esta es la institución que el doctor Lorenzetti pretende instalar como justa y necesaria para la Argentina. Una institución que en vez de llevar a la unión lleva al desencuentro. El mismo señor Ministro de la Corte lo reconoció mientras le mostrábamos nuestro dolor: “evidentemente este tema no está cerrado en la sociedad”. Pues bien, tampoco se va a cerrar con esta modalidad que impusieron, porque la Justicia no nace de de la Injusticia, ni se convalida su vicio intrínseco sustancial con el paso del tiempo. El acto injusto es injusto siempre, es, en síntesis, lo único imprescriptible.

 

 Y aquí es cuando cobra vida el sentido del grito del 27 de septiembre. Las condenas podrán ser sostenidas formalmente pero jamás serán aceptadas, porque atenta contra la unión nacional, el afianzamiento de la justicia, la consolidación de la paz interior, la provisión a la defensa común, la promoción del bienestar general, y el aseguramiento de los beneficios de la libertad; y hasta tanto sea así estaremos presentes.

 

Por la Libertad de los Presos Políticos de Argentina.

Hijos y Nietos de Presos Políticos
http://hijosynietosdepresospoliticos.wordpress.com/

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