LA HIJA DEL SUBOFICIAL

Un serio incidente con reflexiones sobre el miedo estructural que caracteriza al kirchnerismo y sus arbitrariedades.

Por Carlos Manuel Acuña


En realidad este artículo debió tratar del miedo profundo y sustantivo de los Kirchner, un miedo que ya no resulta difícil de percibir a simple vista y que se manifiesta de maneras distintas pero elocuentes. Un miedo similar y paralelo a su voluntad de permanecer en el poder a cualquier costo, suceda lo que suceda en el campo constitucional o político, tanto por vocación o por miedo justificado a lo que podrá sucederles si pierden el manejo de su destino personal. Un miedo que sube y se enreda en sus pensamientos contestatarios y resentidos y llega hasta la percepción angustiante del propio fracaso disimulado bajo un manto de soberbia que lo hace, precisamente, más agresivo e intolerante. Un miedo que explica los actos de furia, los gritos extemporáneos, la necesidad de imponerse contra viento y marea, que reclama sumisión y es, por cierto, un miedo estructural y sostenido que impulsa el avance continuado sobre las leyes, instituciones … y personas. Es un miedo de mal gusto en su exteriorización y concepción más profunda, pues nace de su propia y escasa capacidad intelectual, primitiva e inculta. Es un miedo instintivo aunque también lógico e impermeable al asesoramiento de los menos insensatos que los rodean pero están salpicados por la misma corrupción pasible de sanciones futuras. Es un miedo generador del odio social que busca y necesita enfrentamientos y construye toda una escuela política carente de arte. Un miedo que se desenvuelve entrelazado con el negocio que gira en torno de la cuestión de los desaparecidos pero que disimula a los terroristas que durante la Guerra Contrarrevolucionaria entregaron a sus propios compañeros (¿no es así, señor Verbitsky?) sobre los que se volcarán algún día, posiblemente cercano, los mismos argumentos con los que se persigue a los soldados y civiles hoy elegidos para vapulearlos. Son los soldados y civiles convertidos artificialmente en referenciales para justificar un aparato comercial amparado bajo el paraguas de los derechos humanos, un valor concebido en nuestro caso con un mecanismo perverso que traslada su argumentación al atractivo económico que facilita el enriquecimiento de los funcionarios comprometidos y el manipuleo de la impunidad para afirmarse en el poder. Es un miedo con dádivas que no se detiene en las consecuencias personales que caen sobre terceros inocentes transformados en víctimas ni en la moderna ruptura de la moralidad. Una ruptura instrumentada con fines específicos amparados por el disfraz de un argumento que ha cruzado las fronteras y tejido todo un andamiaje doctrinario y político, limitativo de la independencia que determina soberanías vulneradas. Un miedo, en fin, que ofrece muchas aristas explicativas de conductas determinantes de una realidad angustiante, pegajosa y extendida. Así son nuestros derechos humanos.

Cuando nos aprestábamos a abundar en los ejemplos más evidentes de ese miedo enfermizo y constitutivo del gobierno que toleramos y marca el contenido y sentido -si lo tiene- de esta época argentina, tropezamos con una noticia elocuente y demostrativa de lo que dejamos sintetizado más arriba, noticia insólita que nos llevó a derivar el comentario hacia un hecho incalificable que se relaciona con nuestra radiografía precedente y las derivaciones sobre terceros afectados por lo que ocurre y afectará tal vez para siempre, la futura tranquilidad de la vida cotidiana entre los argentinos.

Nuestros lectores ya están preparados para entender estas cosas sin mayores explicaciones, pero anticipamos que se trata de un relato breve, representativo de injusticias, de vulneraciones de los derechos individuales más simples y obvios que nos transportan desde la cárcel cordobesa de Bower hasta un instituto de enseñanza donde hasta el jueves previo a las celebraciones del 25 de mayo – las ausencias presidenciales en actos puntuales también revelan ese miedo por el temor culposo a las expresiones de rechazo – cursaba sus estudios la hija de un militar argentino.

Se trata de Roxana Mariela Manzanelli, una mujer joven deseosa de progresar que ya tuvo un percance similar al que vamos a relatar cuando el año pasado estudiaba la carrera de Derecho. Ahora sus esfuerzos la llevaron a inscribirse en el Instituto de Psicología Social “Enrique Pichon Rivière”, un cenáculo de la izquierda declamativa, realidad que conocía pero que enfrentó en silencio para poder alcanzar al título que la habilitaba a ejercer sus conocimientos en la función pública y especialmente la legislativa, donde esperaba volcar el resultado de su esfuerzo y vocación en la formulación de leyes “que puedan mejorar y hasta superar las tensiones y enfrentamientos que vive nuestra sociedad”. Roxana participa y ejerce los valores inculcados en su hogar y tiene una gran admiración por su padre, el suboficial mayor Luis Alberto Manzanelli, perseguido por haber cumplido las órdenes recibidas durante el enfrentamiento provocado por el terrorismo de los años setenta. Junto con otros militares del Tercer Cuerpo de Ejército cuyo comandante fue el general Luciano Benjamín Menéndez, preso y condenado, comparte la suerte de tantos otros que transitan por las mismas circunstancias y a quienes se sumará de ahora en adelante otra oleada de combatientes contra la subversión y a civiles especialmente seleccionados que ya comenzaron a ingresar en los estrados judiciales para luego quedar encerrados en los calabozos pues están condenados de antemano. Roxana era consciente de este presente y de ese futuro incierto y peligroso. Por lo tanto, deseaba prepararse para hacer su aporte constructivo, para poder hablar, defender e impulsar esos valores en que había sido formada y ajustarse a la verdad histórica vulnerada todos los días. Pese a su juventud, esta mujer esperaba desempeñarse en la vida sin ideologismos y con el respaldo del esfuerzo que ejercía para preparar su desempeño el día de mañana.

Roxana guardaba el secreto de la angustia familiar y dejaba pasar los comentarios y expresiones adversas a su íntima posición política y espiritual hasta que esa semana fatal, influida posiblemente por el mensaje patriótico que se desprendía de los preparativos celebratorios del Bicentenario, resolvió sincerarse ante sus compañeros de estudio y aclaró: “Para mí, les dijo, mi Papá es un héroe, una figura que en la familia todos tenemos presente, que soporta injustamente la cárcel y que siempre se desempeñó de manera ejemplar a lo largo de su carrera y en casa, con todos nosotros, con nuestros amigos y parientes”. No sin sorpresa, entre los más jóvenes surgieron algunas voces de comprensión y afecto que rápidamente fueron acalladas. “¿Entonces tu Padre es un genocida…?” la interrogaron; “¿…fue un represor…?” Mientras el diálogo avanzaba con respuestas a un interrogante plagado de lugares comunes, se formó un corrillo con murmullos del que surgían miradas curiosas y sorprendidas.

Como no podía ser de otra manera, en el centro del revuelo que involucró a los jóvenes alumnos se instaló la profesora que planteó más preguntas y afirmaciones que manifestaba como para contestarse a sí misma. Quiso saber si el suboficial mayor estaba condenado y ante la respuesta afirmativa apuntó a Roxana con una frase clave: ¿Cómo lo ves a tu Padre…? El interrogatorio de la psicóloga social aportó un matiz profesional e ideológico que incursionó, sin decirlo formalmente, por el campo de los sentimientos y la presunta culpabilidad de un Padre condenado.”¿Por qué es así?, espetó a Roxana: “¿fue sometido a juicio…!!! Y resultó condenado…!!!”, afirmación que mereció la consiguiente respuesta: “El juicio que soportó no fue realmente un juicio…” La contestación de Roxana cayó como un balde de agua helada y mientras soportaba la mirada aguda, inquisidora y el gesto adusto de quien impartía sus enseñanzas en la clase que estaba a su cargo, la joven Roxana comenzó a percatarse de la dimensión del problema que se había creado y el pertinaz cuestionamiento a la figura paterna mediante las palabrejas “represión, desaparecidos y genocidio”: “¿Que ’sentís’ por él, como lo ves…?” “Para mí es un ídolo” insistió al tomar mayor conciencia del revuelo que había generado con su apertura hacia una verdad contenida durante tanto tiempo. “Aquí he logrado amigos, personas a quienes, creo, la verdad es necesaria para su formación, para su futuro…” dijo no sin un dejo de emoción.

“Papá es un soldado…”. Enseguida, tajante la profesora quiso saber si “era hija natural” (sic) y la sorpresa del interrogatorio tuvo respuestas contundentes: “No quiero ser hipócrita. Digo lo que pienso y siento, somos cuatro hermanos…”. “Si, le interrumpieron, pero estás estudiando psicología social…”. Roxana intentó superar la situación que nunca creyó que llegaría a mayores y la reunión concluyó de esta manera: Roxana: “No quiero seguir hablando”. Profesora: “Tendremos que seguir esta conversación”. Roxana: “Basta… no quiero hablar más del tema. Yo no soy hija de un represor… soy la hija de mi Papá”.

El desenlace se produjo cuando concurrió a la clase siguiente. Con rostros severos, la aguardaron la directora y vicedirector de establecimiento de enseñanza, que no le permitieron llegar hasta el aula y sin mediar introducción alguna, le espetaron: “Estamos al tanto de lo sucedido y del fondo del problema. Porque es un problema que te impedirá seguir en esta casa. Se te considerará una infiltrada y por ende, serás discriminada. Tu padre está con Menéndez.” Se generó una consecuente discusión, Roxana sostuvo que “creo en mi Papá y todos sabemos que es inocente; exijo respeto…. Escucho un portazo y el ruido me hace recordar a Bower”. No hubo caso, los directivos de la sucursal Córdoba del Instituto de Psicología Social Enrique Pichon Riviére, se mostraron inflexibles y terminantes. “Probá en otras universidad. Es verdad que son más caras pero aquí no puedes continuar. Se te devolverá el costo de la matrícula y lo que has pagado…”. Así se hizo pero después, ambos, directora y vicedirector, ingresaron al aula e informaron a los alumnos: “Roxana no vendrá más”. Y mintieron: “Se quiso ir…”

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