Palabras pronunciadas por el Mayor (R) Pedro Rafael Mercado frente al Estado Mayor General del Ejército

Estimados camaradas:

Mi nombre es Pedro Rafael Mercado, y soy un oficial Retirado del Ejército Argentino. Constituye este un mensaje dirigido a mis superiores, a mis pares y a mis subalternos. A todos me dirijo con el respeto y la confianza de estar hablando con un padre, un hermano o un amigo. Porque el uniforme que nos identifica se constituye en la sangre espiritual que nos hace formar parte de la familia militar.

Seguramente te habrá sorprendido encontrar un grupo de mujeres recordándote lo vivido en los años 70. No te apures a juzgarlas. Quiero pedirte que las comprendas. Están desesperadas, y con justa razón. Sus familiares y amigos, TUS CAMARADAS, están detenidos por haber combatido al terrorismo marxista. Están presos por haber cumplimentado las órdenes que oportunamente recibían por la cadena de mandos. Ellos no eligieron entrar en guerra. No decidieron su puesto de combate, ni seleccionaron los métodos a utilizar en la contienda. Les tocó participar de un conflicto armado en cumplimiento de sus obligaciones, al igual que hoy te toca a vos participar en misiones de apoyo a la comunidad o en operaciones de mantenimiento de la paz.

Es el tiempo que te toca vivir. Son las responsabilidades que tienes que asumir. Nadie te pregunta si quieres o no quieres participar. Es la esencia de lo castrense. Es tu trabajo. Es tu vocación. Del mismo modo, el tiempo histórico que les tocó vivir a los familiares y amigos de estas señoras les hizo participar del conflicto bélico de los años 70. Su accionar se dio en el marco de la respuesta institucional. No existió ninguna asociación ilícita. En tal caso, el ejército argentino fue la asociación ilícita que configuró el pueblo argentino para responder a la agresión terrorista. Esta es la verdad que todos conocemos. Sí…que todos conocemos. Cualquiera sea nuestra jerarquía.

Por eso quiero pedirte que cuando pases ante estas mujeres, lo hagas con el respeto de saber que son esposas y familiares de camaradas caídos en manos del enemigo. Que necesitan tu afecto, tu contención y la comprensión de su lucha. Si te hubiera tocado sufrir esta situación, hoy tu esposa y tus hijos seguramente estarían haciendo el mismo reclamo.

Te decía que se trata de caídos en manos del enemigo. Que no te quede ninguna duda. Esto no se trata de justicia, como bien lo sabes. Se trata de poder y de plata. Por la metodología usada para combatir al terrorismo, ya fueron oportunamente juzgados quienes tomaron las decisiones, como corresponde en la vida militar. Lo de hoy se trata de venganza y de negocios.

Permíteme que te recuerde una anécdota de guerra. Seguramente la conoces, porque pasó en la Guerra de Malvinas. Un joven teniente, obligado a replegarse a posiciones en la retaguardia, debe dejar en el campo de combate a uno de sus hombres, mal herido e imposibilitado de continuar el movimiento por propios medios.¿Qué momento para el joven oficial? Les había prometido a sus hombres que nunca los abandonaría… sin embargo la situación lo superaba. Mirando a los ojos al herido, mientras le dejaba agua, alimentos y municiones, en presencia de otros asustados combatientes, le dijo: “Quédese tranquilo… aguante en el puesto. Yo repliego al resto de la sección y muy pronto vuelvo por usted. No tenga miedo… le doy mi palabra que no lo voy a dejar solo”. Temblando de frío y de miedo, aquel hombre se aferró a su fusil, con la confianza puesta en la promesa del teniente. “Vaya tranquilo… jefe… yo aguantaré hasta su regreso”.Y la historia continúa. Gracias al cielo, la masa de la sección completó el repliegue y a la mañana siguiente estaban todos a salvo. El peligro había pasado, el infierno de la muerte había quedado lejos y todos agradecían el estar vivos.

Una terrible lucha interna se adueñaba del jefe de sección. Recordaba su promesa, pero aquella era opacada por el recuerdo de las explosiones, los disparos, la sangre y los muertos. También pensaba en su futuro y en su familia. En su razonamiento también influía otro elemento. Su soldado abandonado había quedado mal herido. Lo más lógico era pensar que hubiera muerto ¿Tenía sentido arriesgar su vida por una simple promesa? Lo mejor sería preservarse para futuras operaciones. Dos hombres de su sección lo sacaron de sus reflexiones. “Jefe ¿cuando salimos a buscar a nuestro compañero? Las palabras de sus hombres le sonaron como una cachetada en pleno rostro. Intentó primero una explicación convincente: que ya nada podía hacerse, que seguramente ya estaba muerto, que era conveniente preservar el poder de combate para futuros enfrentamientos. “Pero le dimos nuestro palabra”, fue la dura respuesta de sus soldados. “Usted le dio su palabra”… “¿Cómo podremos volver a confiar en usted si ahora lo dejamos abandonado?” La confianza de sus hombres… no lo había pensado de esa manera. En última instancia, el valor de una fracción dependía de su cohesión y esta descansaba en la confianza que el jefe inspiraba en su gente. Si ella desaparecía… todo se venía abajo. Fueron estas sencillas palabras de sus hombres las que hicieron de ese joven oficial un héroe.

Porque sobreponiéndose al miedo, salió con algunos efectivos a cumplir su promesa. Por supuesto que no fue fácil. Hubo que sortear peligros y dificultades. Por momentos no encontraban el camino. Pero finalmente llegaron y las palabras del herido le hicieron comprender a ese teniente lo correcto de su decisión. “Gracias… jefe… yo sabía que usted no me dejaría abandonado”… y los ojos del teniente se llenaron de lágrimas y el pequeño gran jefe nunca estará suficientemente agradecido a esos dos subalternos, que casi lo obligaron a asumir sus responsabilidades.

Perdona que me haya extendido en este relato de guerra. Pero sirve acabadamente para pintar la responsabilidad de todo subalterno en el momento que nos toca vivir. Hoy los abandonados en el campo de combate son los presos. Nuestros superiores necesitan, como el joven teniente de nuestra historia, que los subalternos les recuerden la necesidad de cumplir con la palabra de todo soldado, de ser fieles a quienes todavía están esperando nuestro rescate… Los comandantes tienen que comprender que la confianza se pierde sino cumplen con su responsabilidad de trabajar por la liberación de los detenidos… y tú tienes una grave responsabilidad en esta función.

Te dicen, sin entender nada de lo castrense, que con los militares del presente no es la cosa. Que se trata de hacer justicia con los impresentables genocidas del pasado. Que no se preocupen, que hay que diferenciar al ejército de la dictadura del ejército de la democracia. Pobrecitos…la ideología no les permite ver la realidad. Ya les pasó en los 70 ¿Lo recuerdas? “Con vos no es la cosa, negro, entregate” le dijeron los montoneros de Kunkel al soldado formoseño Hermindo Luna. Con vos no hay problema, negro… es un conflicto con otros uniformados. Quedate tranquilo, rendite, no te va a pasar nada… con vos no es la cosa, dale, olvidate de todo, seguí tu vida, no pasa nada”.

“Acá no se rinde nadie, mierda”, fue la respuesta de aquel soldadito conscripto que había aprendido cabalmente la esencia del soldado. El ejército es uno e indivisible. Es el mismo ejército el que forjó la independencia, el que derramó su sangre en el período de la organización nacional, el que combatió en la guerra de la triple alianza, el que defendió nuestros intereses contra el imperio del Brasil, el que aseguró nuestras fronteras en la lucha contra el indio, el que ofrendó su vida en el monte tucumano, el que luchó contra el terrorismo en la jungla de cemento, el que sembró su sangre en la turba malvinera, el que participa en las misiones de paz de la ONU, el que brinda asistencia en tareas de apoyo a la comunidad… es el mismo y único Ejército Argentino… del cual formamos parte indivisible todos aquellos que recibimos de lo alto la vocación de soldados.

A mis superiores quiero decirles que comprendo acabadamente las dificultades que padecen. El problema militar operativo que tienen que resolver no es de fácil solución. Existe una voluntad opuesta inteligente a la recuperación de nuestros camaradas detenidos. Todos hemos aprendido que el objetivo de su libertad tiene que ser alcanzado en el marco de la Constitución y las leyes. Y no tengo dudas de que están haciendo todo lo que está a su alcance para dar solución al principal problema que tiene la fuerza en el presente. No obstante, como alimento espiritual para los momentos de dudas y vacilaciones, quiero poner en sus manos un testimonio que duele hasta las entrañas. Se trata de una carta que oportunamente le enviara el Teniente Coronel Ibarzábal a su esposa e hijos, mientras estaba detenido en una cárcel del pueblo.

“Sé que los he dejado en una situación difícil y mi amargura es no saber como se las arreglan, ni poder hacer nada para ayudarlos. Hace unos días he leído una revista deportiva en la que vi a nuestro comandante presenciando el partido Boca – River. Te podrás imaginar, mi querida Nelly, el dolor inmenso que ello me causó, pues yo tenía la ilusión de que este señor destinara sus momentos, o parte de ellos, a tratar de recuperar a los jefes que estamos en esta situación. Me parece que su conciencia no le reprocha nada, pues seguramente debe desconocer las más elementales normas de ejercicio del mando”.

Se bien que no es este su caso. No tengo ninguna duda de que los mandos actuales están empeñados a fondo en la recuperación de nuestros camaradas. Pero tengan siempre presente las dificultades que atraviesan los detenidos y sus familiares. Ellos los comprenden, pero también les reclaman que no bajen los brazos. Que Dios ha querido que sean ustedes, los conductores de la fuerza, los que más responsabilidades tengan en la solución de esta problemática militar.

A mis compañeros y subalternos, les recuerdo el valor del testimonio. No dejes que pase un solo día sin recordar a los detenidos. Cuando te coloques la mochila para iniciar un ejercicio, cuando inicies una guardia, cuando brindes una clase, cuando tomes un servicio, cuando estés con tus seres queridos en el calor de tu hogar, cuando eleves a Dios una plegaria al iniciar cada jornada. En todo momento no te olvides de los detenidos. Ellos cuentan contigo. Si saben de tu testimonio… eso sólo los reconforta.
“Vaya tranquilo, jefe, yo aguantaré hasta su regreso”, decía el combatiente malvinero que quedó abandonado en campo enemigo. El mismo mensaje repiten todos los días nuestros camaradas detenidos. Al igual que Larrabure e Ibarzábal, ya han sido 112 los combatientes que murieron en cautiverio, soñando el ansiado rescate. Muchos otros continúan sobreviviendo en sus celdas, confiados en la palabra de sus jefes, esperando que su glorioso ejército, con la fuerza de la Constitución Nacional, muy pronto alcance el objetivo estratégico de su libertad. Y ese día SERA JUSTICIA.

Fuente: AFyAPPA

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