Discursos del Acto de Hijos y Nietos de Presos Políticos el 07.10.2013

Federico Quintana

Hola, buen día, mi nombre es Federico y soy de Tucumán. Mi papá es policía y junto a otra 40 personas, entre ellas dos mujeres, están y estamos afrontando el primer megajuicio en nuestra provincia.

Un juicio que llegó a Tribunales como histórico por su principal característica, que es la cantidad de imputados. Pero jamás nos hubiésemos imaginado que para nosotros los familiares también lo sería.

Histórico porque de ser 40 familias, nos convertimos en una sola y gran familia.

Nos dimos cuenta de esto, porque nos unía un factor en común, que es el grito de apoyo y amor incondicional hacia nuestros viejos, para de esta manera hacerle saber que no están solos, que sus esposas, hermanos, amigos,  sus hijos, están con ellos.

A partir de ahí nos fuimos animando a más, hasta que un dia, durante uno de los cuartos intermedios, se armó una improvisada reunión donde nos dijimos, ¿y si a los gritos le sumamos algo más?… Y así surgieron las rpimeras pancartas y banderas, después los pasacalles, hasta llegar a lo que hoy son nuestros símbolos de lucha y aguante, los bombos.

Esos bombos que al sonar en la calle despertaron el asombro de propios y ajenos. Bombos que con el pasar de las audiencias se iban transformando sin querer en un especie de zumbido molesto para los jueces. Nos empezábamos a dar cuenta que nuestra presencia molestaba a unos pocos, pero eso no nos afectó para nada porque nuestro objetivo jamás fue ni será confrontar con nadie. Nuestro fin es otro, demostrar que en estos duros momentos estamos más unidos que nunca, demostrarles a ellos, nuestros viejos, y de esta forma trasmitirles fuerza.

Nunca imaginamos estar en esta situación, pero estamos para apoyar y defender en quienes confiamos y en quienes creemos.  A pesar de que ya llevamos casi un año de juicio, no nos dejamos de sorprender de nosotros mismos, de mirar lo que somos capaces de hacer por el amor incondicional que nos une a ellos.

Esta experiencia nos hace ver que nuestra presencia es fundamental en el juicio, tanto afuera como adentro de la sala, y esto debe ocurrir en cada juicio que se desarrolle en el país. Es la única herramienta que tenemos para demostrar que la historia está cambiando, para hacerle saber a toda la sociedad que nuestros padres no están solos, que detrás de ellos hay familias enteras pidiendo un juicio justo.

Para terminar, desde nuestra corta experiencia, les podemos asegurar que después de aguantar largas audiencias plagadas de injusticia, lo mejor que nos llevamos a nuestras casas, son las imágenes de esos  rostros que tanto amamos, con una sonrisa que se les dibuja en la cara al vernos ahí firmes junto a ellos. Este es nuestro único incentivo para seguir adelante día a día en esta lucha.

 

Laura Olea

Queridos amigos:

I- Cuando me pidieron que este día sea la voz de nuestros presos políticos, de sus familiares y amigos,  acepté con gusto,  pero confieso que me pregunté qué puedo agregar si  todo se ha dicho ya.

       Entonces pensé  que de eso se trata, de decir una y otra vez hasta que alguien nos escuche, que nuestros padres, abuelos, esposos, hermanos, amigos, están siendo víctimas de un Estado que embanderado en la defensa de los derechos humanos sistemática y paradógicamente los están privando de los mas elementales derechos sometiéndolos a ilegales procesos judiciales.

Por eso nos encontramos nuevamente  reunidos frente al edificio que alberga al más alto tribunal de la Nación,  por eso muchos han hecho cientos de kilómetros para estar hoy aquí, para denunciar públicamente otra vez la ilegalidad, la arbitrariedad, el abuso de poder.

Venimos a reiterar lo que tantas veces hemos reclamado, porque no podemos ser simples espectadores de sus padecimientos, porque como alguien que supo pelear contra la discriminación y la injusticia dijo: No nos preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética. Lo que nos preocupa es el silencio de los buenos”.

Sepan quienes mantienen privados de libertad a nuestros padres que ellos no están solos, que aquí estamos nosotros para hacer oir sus silenciosos gritos de libertad. No seremos cómplices de la injusticia que soportan estoicamente, del trato inhumano al que son sometidos y de la muerte por abandono.

II- Muchas veces hemos escuchado decir que ellos tienen la posibilidad de defenderse al ser sometidos a  procesos judiciales.

Señores, un debido proceso legal es  aquel que se desarrolla bajo el respeto irrestricto de los derechos fundamentales, lo contrario es una parodia, una farza.  No basta un recinto presidido por un tribunal, con múltiples acusadores, y defensores que no son escuchados.

No es del caso hoy enunciar las múltiples violaciones a los principios constitucionales, pues deberíamos recitar la Constitución desde su preámbulo hasta el último de sus artículos. Sí debemos reiterar que  lo más grave  es que ello ha sido promovido por el mas alto nivel de nuestros tribunales, la Corte Suprema de Justicia de la Nación, cuyo presidente ha confesado públicamente que ello constituye una política de estado, política que  los tribunales inferiores acatan fielmente abdicando del juramento de respetar y hacer respetar la Constitución Nacional. 

III- Nos enfrentamos a un Poder Judicial que ha tomado la decisión de seguir un camino haciendo oídos sordos a cualquier legítimo reclamo de las defensas.

Así, desde la CSJN se ha dispuesto que nuestros padres carecen del derecho a la excarcelación, aún cuando hayan superado por muchos años los topes máximos de prisión preventiva previstos por ley, y se ha hecho mediante resoluciones discriminatorias, plagadas de  argumentaciones de una arbitrariedad tan manifiesta que insulta la inteligencia del mas distraído, desatendiendo incluso sus propias doctrinas y la de la Corte Interamericana de DDHH. Hasta se han olvidado que el mismo Tratado de Roma, al que para otras cuestiones acuden presurosamente,  reconoce el derecho a permanecer en libertad durante el proceso, de aquellos imputados de los delitos mas graves que allí se prevén.

 A tal grado ha llegado la arbitrariedad y el deprecio por los derechos y la verdad, que la Corte Suprema de Justicia,  invocando un supuesto peligro de fuga, revocó  la excarcelación de quien ya había fallecido  debido a una grave enfermedad que lo tenía postrado hacía mucho tiempo.

Pero no se han conformado con privarlos de la libertad bajo el amparo de procesos viciados de irregularidades que hasta hace pocos años parecían inimaginables. También han decidido denegar la prisión domiciliaria de ancianos y enfermos en clara violación a la letra y al espíritu de la ley de ejecución penal y de los principios humanitarios que la informan, apresurando así la muerte de nuestros padres.

Y como si esto no les bastara, mediante resoluciones ministeriales,  que atentan contra la salud y la vida de los detenidos,  sin  vergüenza alguna se les prohíbe acceder a la atención médica idónea con argumentaciones falaces, ¿o acaso alguien puede seriamente creer  que la atención de un preso político afecta la defensa nacional, o que se  ha delegado en  médicos o enfermeros sus custodias como sostiene Agustín O. Rossi? Ya contabilizamos entre nuestros queridos presos políticos  220 fallecidos en cautiverio.

IV- Nuestros padres se enfrentan a fiscales y organizaciones que los acusan de graves violaciones a los derechos humanos, pero lo hacen exigiendo la violación de los derechos que dicen defender y los jueces responden a ese reclamo con el dictado de arbitrarias condenas, no porque hayan probado que los acusados han hecho u omitido hacer, sino por haber sido, aduciendo cumplir así con los compromisos internacionales asumidos.

Se olvidan que si la absolución de un culpable hiere el sentimiento humano de justicia, la condena de un inocente, por abominable clama al cielo.

V- Les  son denegadas las instancias judiciales de revisión: la Cámara de Casación  y la Corte Suprema sistemáticamente hacen lugar a los recursos de los acusadores, incluso de aquellos interpuestos contra resoluciones que históricamente fueron declaradas irrevisables en esas instancias, tales como las que conceden excarcelaciones o prisiones domiciliarias. Pero para cerrar el círculo, también sistemáticamente rechazan los deducidos por las defensas contra aquellas decisiones que históricamente SI fueron declaradas revisables en esas instancias.

La Cámara de Casación no sólo ha confirmado todas las sentencias condenatorias, también ha revocado los pocos sobreseimientos o absoluciones dictados en estas causas, y lo ha hecho últimamente con inusitada velocidad de la que hacen gala, pero que sólo es útil para demostrar la ligereza y aún mas, la ausencia del análisis profundo que imputaciones de esta naturaleza, por sus gravísimas consecuencias merecen. Seguramente estarán preocupados por resguardar el derecho a ser juzgado dentro de un plazo razonable.

Por su parte, la CSJN no ingresa al estudio de las impugnaciones de las defensas y las rechaza literalmente en  dos líneas, para ser exacta en 3, abusando de una norma de muy dudosa constitucionalidad, el art. 280 del CPCCN.

Pareciera que los magistrados han olvidado que la época de los Césares pasó hace siglos y han tomado la decisión de mantener a nuestros padres  privados de su libertad a cualquier precio, aún contrariando el derecho.

Las  respuestas de los jueces a los legítimos reclamos de nuestros presos políticos nos recuerda lo que contaba Víctor Hugo en “Nuestra señora de Paris” cuando Cuasimodo es llevado ante el tribunal y no obstante su silencio, el  magistrado sordo le preguntó al escribano “¿Habéis escrito lo que ha dicho hasta ahora el acusado?. Cuenta el autor que “…..Al oír esta rara pregunta, alzóse en toda la sala un estruendo de carcajadas……..Sólo Cuasimodo conservaba la seriedad, por la sencilla razón de que no comprendía nada de lo que pasaba en torno suyo.”.

VI- El Estado argentino se ha convertido en un tirano, y peor aún, disfrazado de democracia cual lobo con piel de cordero.

Sepan quienes resultan autores y cómplices por acción u omisión de todas estas aberraciones, y particularmente los encargados de administrar justicia, el último recurso frente al autoritarismo, que se equivocan si creen que la impunidad los amparará siempre. Eso si, quédense tranquilos que cuando deban sentarse en el banquillo de los acusados, lo harán frente a tribunales a los que exigiremos que respeten  los principios constitucionales que ustedes han sabido muy bien vulnerar.

VII- Nos une el dolor, y el amor por nuestras familias que están siendo atormentadas por tanta injusticia y por la indiferencia de muchos, nos une también el  amor por nuestra patria que a veces sentimos herida de muerte.

Pero también nos une la esperanza de vivir algún día en un país vacío de rencores, odios, y  venganzas y colmado de verdades, donde los derechos humanos no sean una declamación vacía de contenido, ni una herramienta al servicio de mezquinos intereses políticos y económicos, sino una guía para el respeto a la dignidad humana de todos los habitantes del suelo argentino.

Permítanme cerrar estas palabras con el recuerdo de lo que Don Quijote le dijo a Sancho: “Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, EL BIEN  ESTA YA CERCA.”.

 

Alejandro Palomo

Soy para mi padre la fibra más profunda de su humanidad, la sangre de su corazón. Estoy seguro. Hace tiempo que lo sé porque él me lo dijo. Desde aquel día, cuando mi padre me tendió su mano, además de ser su hijo soy su amigo.

Digo esto y él espera en la cárcel mientras se resuelve su situación en un juicio arbitrario e ilegal. No es el único, comparte la suerte de varios centenares de ciudadanos argentinos. Pero esto representa solamente una parte del problema.

Porque incluso antes de la acusación formal nuestros padres fueron privados de las condiciones elementales que les garantizaran el respeto de sus derechos humanos. Sabemos cuáles son las intenciones de quienes coartan el derecho básico a la salud de nuestros padres y abuelos, cuyo promedio de edad supera los setenta años. El número de presos políticos que mueren en la cárcel antes de que el juicio termine crece día a día, ya son 220.

Sobran los ejemplos que ilustran la ilegalidad de los procesos y la violación a los derechos humanos de nuestros padres. Cada uno de nosotros podría dar fe de esto, porque lo sabemos de primera mano.

Es habitual que la salud de nuestros padres empeore mientras son retenidos en las cárceles. Muchas veces su situación se agrava y resulta recurrente que la enfermedad resulte fatal. Con toda intención se perjudica la salud de los presos y, al no proporcionarles el trato humanitario que les garantice la vida, el estado argentino viola sus derechos más básicos.

Nuestros ciudadanos privados de su libertad ven como el Estado desconoce uno a uno sus derechos y menoscaba su condición humana. El desconocimiento y el menosprecio de sus derechos humanos, por no hablar de maltrato liso y llano, no sería una realidad si todos los ciudadanos contaran con la protección de un Estado de Derecho.

Las acciones de las instituciones públicas y de grupos asociados con el aparato estatal se dirigieron hacia nuestros padres y al suponerlos culpables avasallaron desde el primer instante los principios universales de igualdad y libertad. Estas son consideraciones que van más allá de lo jurídico, aunque su origen está en la justicia y en el sistema penal diferenciado con que se juzgan a nuestros padres y abuelos. Esta discriminación, que identifica en un grupo sujetos con derechos devaluados respecto del resto de los ciudadanos, implica un trato cruel, inhumano y degradante. Esto representa una concepción muy curiosa de la justicia.

Por último, para todos nosotros la cárcel es una realidad cotidiana. Es uno de los instrumentos que utilizan para infamar a nuestros padres, a nosotros, a nuestras familias. Cada una de las acciones por parte de los abusadores tiene la clara intención de estigmatizar a nuestras familias.

No me avergüenza decir que mi padre está preso. Sé quién es y sé muy bien por qué está ahí. En cambio, me da vergüenza ajena haber visto como se arrastra hacia adentro de un tribunal a un paciente oncológico, en condición aguda de enfermedad. Todo para mantener la forma de las audiencias; lugares donde en el fondo reinan los intereses políticos y el rencor.

Cada día los presos políticos sufren de arbitrariedades e injurias. Todo porque les quieren arrebatar la dignidad.

Sin embargo, no pudieron hacerlo y no van a poder jamás. Porque nuestros padres nos nutrieron con su amor y la dignidad que pretenden arrebatarles trasciende sus vidas; su dignidad también es  la nuestra.

Siento esa humanidad tan digna en las charlas que tengo con mi viejo, en nuestras opiniones dispares que nos terminaron acercando aún más. También en los pasos que doy cada mañana para llegar al trabajo, o cuando me recibe un día soleado en la plaza donde juega mi hija Lucía.

Todo lo que hacemos representa una parte irrenunciable en la vida de nuestros padres. Es un hecho que en nuestras existencias se desenvuelvan las suyas. Aunque sigan estando en la cárcel.

Por esto mismo, hoy más que nunca nuestra tarea es ardua. El trato inhumano y la violación sistemática de los derechos de nuestros padres y abuelos es nuestra preocupación más urgente.

Tengamos muy presente que no tenemos pétalos de rosas para construir una realidad más justa. En cambio nos arrojaron espinas y de las espinas que vayamos levantando en este camino que nos toca andar florecerá el legado de justicia y hermandad.

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