Milani o la prueba del doble discurso

10 febrero 2014
Lunes 10 de febrero de 2014 | 

Por Aníbal Guevara Bianchi  | Para LA NACION

El problema no es Milani… Mejor dicho: por supuesto que es un problema el enriquecimiento dudoso de quien fue jefe de Inteligencia del Ejército, ya que, como se sabe, esos funcionarios manejan fondos reservados por los cuales no rinden cuentas y, por lo tanto, deberían tener unos patrimonios irreprochables para evitar cualquier suspicacia.

Pero respecto de las denuncias hechas ante la Conadep sobre su papel en La Rioja o durante el Operativo Independencia, el problema no es Milani, sino el doble discurso .

Sobre el polémico general de brigada pesa una denuncia que, como toda denuncia, debe ser investigada con estricto recelo del respeto a la legalidad y el debido proceso, ya que como se juzga a los militares de haber subvertido el orden institucional, haber reprimido ilegalmente y haber violado los derechos humanos, todo proceso originado en una denuncia de este tipo tiene que ser intachable para ser coherente. Pero aquí la coherencia hace rato que está ausente.

Cómo no estar de acuerdo con las palabras de Estela de Carlotto sobre el caso del nuevo jefe del Ejército: “Cuando hay una denuncia no hay que prejuzgar sino que hay que investigar y luego sacar conclusiones correctas”; “Creo que sobre una denuncia que no tiene ninguna comprobación posterior no se pueden tomar medidas”; “Nosotros no encontramos antecedentes en él, en la foja de servicio de él dice que efectivamente ha estado en esos lugares, en Tucumán, pero bueno, si presumimos que cada miembro de las Fuerzas Armadas que estaba en un lugar determinado es responsable de un genocidio, tendríamos que enjuiciar a todas las fuerzas, porque todos estaban en algún lugar, en algún momento”.

Las palabras de Carlotto no podían ser más ecuánimes. El problema es que, en mi caso, me consta que no es ése el espíritu de los juicios de lesa humanidad. Mi padre, que es más o menos de la misma edad que Milani, por lo que tenía más o menos el mismo grado en aquellos años, está detenido desde 2006 a pesar de no haber sido nombrado en el Nunca Más ni haber tenido denuncias en su contra hasta ese año. En la primera instancia, fue condenado a cadena perpetua. La condena fue fundamentada sin pruebas, con testigos que contradicen sus propias declaraciones realizadas en los años 80 o que directamente tienen pedido de falso testimonio por absurdos y falaces. Según el fiscal, mi padre “debería haber sabido lo que pasaba” y por eso lo condenaron con una pena mayor de la que le dieron a sus generales en el Juicio a las Juntas, pese a que tenía 23 años en 1976. Durante el juicio fueron ignoradas las declaraciones que confirmaban que, cuando lo mandaron a hacer detenciones, lo hizo de día, de uniforme, que se presentó con nombre y grado, labró actas e informó el lugar de detención correspondiente.

Tanto a él como muchos otros presos por causas de lesa humanidad se les violan sus derechos humanos cuando se los mantiene bajo prisión preventiva sin justificativo a la espera de las instancias que falten después de un primer fallo o directamente sin juicio, presumiéndolos culpables. También cuando se les niega el acceso a la educación, cuando se desatienden sus necesidades médicas, cuando se les niegan prisiones domiciliarias a los mayores de 70 años o a los que están enfermos, cuando se rechazan sistemáticamente las presentaciones de los abogados o se aplica retroactivamente la ley penal, entre otros muchos ejemplos.

Aunque Ricardo Lorenzetti ya había adelantado que los juicios por delitos de lesa humanidad son una política de Estado, tenemos derecho a esperar que el desarrollo práctico de esa política no dañe la norma fundamental de convivencia que se dan los Estados, la ley. Sin embargo, el Poder Judicial se ensaña con los acusados, aun antes de que los delitos hayan sido probados.

Pero en el caso de Milani, las denuncias por el supuesto enriquecimiento ilícito y las acciones que se le atribuyen durante la década del 70 fueron obviadas por la parcialidad kirchnerista. El tratamiento que reciben las denuncias que pesan sobre él desnuda la arbitrariedad con que el Gobierno y los organismos de derechos humanos abordan problemas que involucran a sectores amplios de la sociedad.

Si no fuera así, el ahora general se encontraría en alguno de los institutos penales del país, esperando la resolución de un juicio por delitos de lesa humanidad o cumpliendo una condena; si es que no hubiese muerto ya, a raíz de las condiciones de detención y la paupérrima atención médica, necesaria para los mayores de sesenta años. En este universo paralelo, sus hijos hubiesen sido testigos de cómo los jueces, los abogados querellantes y los fiscales llevan adelante los procesos con los resultados cerrados desde el inicio. Una máquina poderosa y torpe los engulliría con fruición, como lo hizo con nuestros padres y nosotros.

A Milani lo amparan el Gobierno y los organismos de derechos humanos. El resto de quienes enfrentan sospechas sobre su actuación en los años 70 sufren la persecución y la cárcel a partir de procesos cuestionables desde el punto de vista jurídico. Sin embargo, uno y otros algo tienen en común: sus casos son tratados con la misma rigurosa irregularidad, si se nos permite la expresión.

El problema es el doble discurso: se utiliza la bandera de los derechos humanos como blindaje frente a las críticas y mientras tanto se está dispuesto a violar los derechos humanos de cualquier ciudadano al que se pueda vincular con cualquier pretexto a causas de lesa humanidad. Salvo que, como Milani, sea un soldado bajo sus órdenes.

El autor es vocero de la agrupación Hijos y Nietos de Presos Políticos

http://www.lanacion.com.ar/1662720-milani-o-la-prueba-del-doble-discurso

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Sobre la no admisión de nuestros padres en la UBA

11 agosto 2012

¿Una persona que cometiera un delito gravísimo pierde su condición de ser humano? Y por lo
tanto, ¿sus derechos humanos? La Universidad de Buenos Aires decidió no admitir a ningún
procesado y/o condenado en las causas por lesa humanidad, violando de esa forma el artículo 26
de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Esto significa una grave discriminación, aunque
el Inadi no lo haya reconocido, justificándolo como objeción de conciencia.

Por definición, la objeción de conciencia resultaría del choque entre la ley y un deber moral, ¿cuál
sería en este caso el deber moral? ¿Negar el derecho a la educación? ¿Qué pasaría si un médico
invocara objeción de conciencia?

Además, esta discriminación se basa en un severo prejuzgamiento, ya que supuestamente todos
somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario. Lo que significa que todos lo son hasta que
su sentencia no quede firme. A eso, deben sumarse las sistemáticas violaciones al debido proceso,
que venimos denunciando.

Así y todo, si estuviese correctamente probado, ¿qué finalidad se busca con la aplicación de esa
pena? ¿Empeorar su condición de encierro? ¿Eso no implicaría una tortura psicológica? Se supone
que la justicia debería haber abandonado hace mucho ya el “ojo por ojo”.

Si no fuera así, no estaríamos cumpliendo con el NUNCA MAS.

Fdo. Hijos y Nietos de Presos Políticos.


EL PRESENTADOR DEL DR. LORENZETTI

14 octubre 2011

Perplejo, he leído que el presidente de la Corte Suprema de Justicia eligió a Eduardo Anguita para que presentara su libro “Derechos humanos, justicia y reparación”.

 

El gesto del Dr. Ricardo Lorenzetti, de singular significado, no parece evidenciar “el respeto y la tolerancia” que se autoadjudica el magistrado, ni es prueba de “la igualdad ante la ley para todos” que predica; más bien se asemeja a una burla al dolor de las víctimas del terrorismo guerrillero, se aleja de la prudencia e imparcialidad con que deben conducirse los jueces, y anticipa que para algunos de ellos hay una sola clase de derechos humanos.

 

Como miembro de la organización terrorista ERP, que secuestrara y asesinara a mi padre, Anguita integró el grupo guerrillero que copó, el 6 de septiembre de l973, el Comando de Sanidad del Ejército, asesinó al Tte Cnel Juan Duarte Hardoy e hirió a un oficial y a un conscripto, en el marco del ataque sistemático a la población civil que en pleno gobierno constitucional realizó el terrorismo guerrillero para imponer un régimen marxista.

 

Confío que otros jueces tendrán el coraje para desoír la convocatoria del Dr. Lorenzetti a imitar su cuestionable proceder, y alguna vez juzgarán a los guerrilleros que entonces torturaron, secuestraron y asesinaron a miles de personas, y a quienes hoy presuntamente malversan los caudales públicos indemnizando a los deudos de los guerrilleros muertos durante el ataque a cuarteles, en plena democracia.

 

Y espero también que cuando la causa por el asesinato de mi padre llegue a la Corte, el Dr. Lorenzetti tenga el decoro de excusarse, porque evidentemente con su gesto ha prejuzgado.

 

 

ARTURO LARRABURE


El grito de HyNPP del 27 de septiembre de 2011

3 octubre 2011

La institucionalización del sistema de condenas preestablecidas:

 

A propósito del acto del 27 de septiembre del 2011

 

Ya hace largo tiempo nos preguntamos qué hacer frente a la impotencia que vivimos. ¿Qué hacer con ella? Se intentan cosas, se medita, se piensa, se reza, se es paciente, hasta que al final se grita.

 

El 27 de septiembre fue el grito de la impotencia que vivimos diariamente. Un alarido de dolor. No es antojadiza esta afirmación, no se trata de un grupo de inadaptados que quieren hacerse notar, ni de extrema derecha, ni de reivindicadores del gobierno militar, nada más alejado de la realidad. Se trata del estallido de indignación como hijos en defensa de sus padres, familia y nación, contra toda una estructura premeditada de poder que se junta en un salón mostrándose omnipotente e invencible y plasma en textos su plan sistemático de destrucción.

 

Allí estaban todos juntos como una gran sociedad anónima: jueces, ministros, fiscales y defensores. Incluso el periodista Eduardo Anguita, integrante del Ejército Revolucionario del Pueblo, hizo honores con su palabra al libro del Ministro de la Corte. Cómo no reaccionar, si era la prueba de la cofradía del poder que subsiste detrás de todos y cada uno de los juicios actuales.

 

Como no gritar cuando el presidente de la Corte Suprema de Justicia, que deberá revisar en última instancia los casos de nuestros padres, se encuentra presentando un libro y exponiendo los futuros fundamentos de la confirmación de los castigos.

 

Como no gritar si se encuentra prejuzgando continuamente cuando afirma la institucionalización de los juicios = condena de los militares y la continuidad irrefrenable en este camino.

 

Desde una estructura lógica, si la máxima autoridad judicial invita a sus inferiores a continuar en este camino y, asimismo, afirma la institucionalización de los juicios y la no marcha atrás ¿cómo va a contradecir en un futuro a los jueces que siguieron su recomendación o mandato y va a modificar algo que procura ser establecido y de lo que no se vuelve? ¿No haría con un fallo adverso implosión de su propia pretensión? Porque debemos estar atentos, esta supuesta institucionalización recién ha comenzado, todavía necesita que sus bases sean solidificadas, y el medio elegido es la irrestricta decisión de confirmar todas las condenas, reafirmando la doctrina impulsada desde los fallos de Arancibia Clavel , Simón y Mazzeo. Esta es la política de Estado de Derechos Humanos que tanto hemos escuchado mencionar.

 

Sin embargo, para que algo esté institucionalizado no es suficiente un fortalecimiento formal, que es su sostenimiento en el tiempo, sino que es necesario el fortalecimiento real que es la aceptación por parte de la sociedad de la justicia y de la necesidad de esa institución.

 

Entonces ¿es posible que esta sesgada institucionalización perdure? Y aquí nos remitimos al señor Pérez Esquivel, premio Nobel de la paz, que dijo, en un momento, de la necesidad de que no se repita el horror. Pues bien, el horror está presente hoy: 145 muertos, prisiones preventivas eternas, sufrimientos innecesarios de enfermos terminales sujeto a prisiones comunes, parodias judiciales, condenas de por vida sin juicio justo, complicidad del Poder Legislativo y Judicial, indiferencia de la sociedad, discriminación y exclusión.

 

Esta es la institución que el doctor Lorenzetti pretende instalar como justa y necesaria para la Argentina. Una institución que en vez de llevar a la unión lleva al desencuentro. El mismo señor Ministro de la Corte lo reconoció mientras le mostrábamos nuestro dolor: “evidentemente este tema no está cerrado en la sociedad”. Pues bien, tampoco se va a cerrar con esta modalidad que impusieron, porque la Justicia no nace de de la Injusticia, ni se convalida su vicio intrínseco sustancial con el paso del tiempo. El acto injusto es injusto siempre, es, en síntesis, lo único imprescriptible.

 

 Y aquí es cuando cobra vida el sentido del grito del 27 de septiembre. Las condenas podrán ser sostenidas formalmente pero jamás serán aceptadas, porque atenta contra la unión nacional, el afianzamiento de la justicia, la consolidación de la paz interior, la provisión a la defensa común, la promoción del bienestar general, y el aseguramiento de los beneficios de la libertad; y hasta tanto sea así estaremos presentes.

 

Por la Libertad de los Presos Políticos de Argentina.

Hijos y Nietos de Presos Políticos
https://hijosynietosdepresospoliticos.wordpress.com/

La necesaria pacificación y reconciliación

23 agosto 2011

La Nación (Edirorial)  – Domingo 21 de agosto de 2011

La historia no puede ser reconstruida según el color de un dogmatismo faccioso e interpretaciones sesgadas y asimétricas

 

l holgado triunfo del oficialismo en las primarias del domingo pasado hace probable la reelección de Cristina Fernández de Kirchner por un nuevo período. Las primeras declaraciones de la Presidenta tuvieron un tono conciliador, pero aún es prematuro deducir de esa circunstancia que luego del 10 de diciembre, si se ratifica el apoyo electoral a su continuidad, habrá un giro en las formas de gobierno. Lo que sí puede decirse es que el país está frente a un horizonte en el que serán necesarias políticas correctivas en lo institucional, en lo moral y también en la gestión.

La pérdida de las supuestas virtudes del llamado “modelo”, sin duda precarias, exigirá corregir desbordes y distorsiones mediante políticas menos amables al ciudadano común que las de corte populista que caracterizaron estos últimos años.

La paz social es una condición para cualquier gobierno que se proponga un mejor futuro. Pero lo es aún más si inevitablemente deberá transitarse por una gestión en que la ciudadanía deba enfrentarse a una realidad más sacrificada que la aparente bonanza material que fue posible con la inmensa ayuda de fortísimos vientos externos favorables.

Porque la confrontación ya no podrá ser un instrumento de poder. Es imprescindible volcar los esfuerzos y las esperanzas hacia un futuro que deberá construirse con todos los argentinos. Con más razón, por los tiempos difíciles que se avecinan, se hace necesaria la pacificación y la reconciliación, y un sereno entendimiento.

Una condición esencial es superar una permanente mirada hacia el pasado, teñida de interpretaciones sesgadas, asimétricas y vengativas. Esto no se logrará pretendiendo reconstruir la historia según el color de un dogmatismo faccioso del presente, que omite una mitad de los hechos según su particular ideología e intereses.

Menos aún podrá cultivarse la paz interior si esta visión hemipléjica y plagada de odios se introduce en las aulas escolares, en las universidades y en los medios de comunicación. Por el contrario, las mentes de nuestros jóvenes deben poder analizar los hechos pasados con mayor objetividad que sus mayores, muchos de los cuales todavía conservan recuerdos dolorosos de los momentos vividos en las últimas décadas

Con esta misma desviación, se ha presionado políticamente a la Justicia para que ésta actúe vulnerando principios que deben regirla y que nunca debieron abandonarse. La declaración de la nulidad de las leyes de obediencia debida y punto final rompió con el principio legislativo de que las leyes se derogan o se modifican, pero no se anulan. A partir de allí, quedaron arrasados los principios de irretroactividad de la ley penal, cosa juzgada y aplicación de la ley penal más benigna. De esta forma, se ha llevado a prisión a más de 1000 miembros de las Fuerzas Armadas y de seguridad, mientras esta misma justicia no ha alcanzado a los terroristas que estas fuerzas combatieron.

La lectura correcta de la historia exige una visión integral y comprehensiva de los acontecimientos de violencia extrema de la década del setenta. La magnitud de las acciones del terrorismo subversivo en la Argentina superó a la de otros países de la región y también de otras latitudes. Las organizaciones armadas llegaron a contar con más de 10.000 combatientes, con apoyo externo. En un país altamente urbanizado como el nuestro, esto se tradujo en abrumadoras prácticas terroristas en las ciudades.

El terrorismo atacó al gobierno constitucional encabezado por el propio Juan Domingo Perón, quien optó por la represión ilegal a través de una fuerza parapolicial, la Triple A. Más tarde, ante el desborde de la violencia y el clamor ciudadano, el gobierno constitucional de Isabel Martínez de Perón ordenó a las Fuerzas Armadas aniquilar el accionar subversivo.

Al elegir los métodos para llevar adelante esa orden, se descartó la creación de un tribunal especial y se optó por privilegiar la eficacia y la urgencia, sin medir debidamente las consecuencias que ello tendría en la generación de excesos y la violación de derechos humanos. La lucha antisubversiva tomó el carácter conocido que luego desdichadamente iba a continuarse con el gobierno militar que se inició en marzo de 1976.

La represión nació como una reacción ante una acción previa, y las violaciones a los derechos humanos fueron una indebida y condenable consecuencia de la que la sociedad argentina aún se repone.

El gobierno constitucional de Raúl Alfonsín enjuició a las juntas militares y, aunque en forma limitada, a los dirigentes de la guerrilla. Pero no pudo evitar que los tribunales federales avanzaran en el enjuiciamiento de miembros de menor jerarquía, incluyendo suboficiales y policías. Esto llevó a levantamientos castrenses y finalmente a la sanción por el Congreso de las leyes de punto final y obediencia debida. La extinción de las causas penales fue muy abarcativa y alcanzó también a terroristas. Posteriormente, Carlos Menem dictó los indultos, tanto a militares como a subversivos.

Sin embargo, en estos últimos ocho años se desanduvo fuertemente este camino. El presidente Néstor Kirchner presionó sobre el Parlamento y la Justicia para la anulación de las citadas leyes y de los indultos. Apareció entonces la figura de la imprescriptibilidad por la calificación de lesa humanidad, pero sólo para una de las partes. A partir de allí se condenó a militares y policías sobre la base de leyes sancionadas posteriormente a los hechos juzgados, al tiempo que se prolongaron y se siguen prolongando centenares de prisiones preventivas sin condena, por plazos superiores a los que la ley admite. No se aplicó el mismo tratamiento a los crímenes del terrorismo organizado. De esta forma la justicia pareció convertirse en venganza demorada. Tampoco las víctimas del terrorismo han tenido justicia ni reconocimiento.

Las rémoras ideológicas que tomaron impulso oficial en los últimos años han generado también una suerte de aversión a todo lo que se parezca al mantenimiento del orden público o a la legítima represión del delito común. El piqueterismo y la inseguridad ciudadana se han convertido en factores adicionales de disociación social, y siguen creciendo en todo el país.

Así como fue imprescindible que las fuerzas armadas entendieran para siempre que debe ser respetado el poder civil emanado de la Constitución, también es necesario que la sociedad civil recupere el respeto hacia ellas en la seguridad de la paz.

En definitiva, la Argentina está profundamente dividida y exasperada. Ningún país puede proponerse objetivos y acuerdos superadores en estas condiciones. La reconciliación y la pacificación interior son una condición esencial, para lo cual es menester que en el poder político se abra un período de serena reflexión, con vistas a un pronto diálogo.


Soy un preso político en democracia

5 agosto 2011

Por Claudio Raúl Grande

Quiero por este medio dirigirme a mis amigos, clientes de La Plata, personas que me conocen y aprecian, sobre mi situación procesal, según relaté y mandé por mail por mi familia el 29/3/10 y el 1/4/10 por La Nueva Provincia de Bahía Blanca, a raíz de las actividades en mi contra según el expediente 16.419/2003 iniciadas en el Juzgado de Instrucción Nº 1 de La Plata a cargo del doctor Humberto Blanco, secretaria a cargo de la doctora Ana Cotter.

Las mismas se remontan a los años 77/78, confundiéndome con un “guardia” de un “centro clandestino de detención” bajo el nombre de “Pablo”, según denunciaron dos testigos, 30 años después, reconociéndome por medio de una fotocopia de una foto sacada en 1974.

Al respecto, deseo dejar en claro que las tareas que desempeñé en el Ejército en esa época fue como empleado administrativo en el Destacamento de Inteligencia 101 de La Plata, según consta en mi legajo y totalmente ajeno a los cargos que se me imputan, como ya lo expresé anteriormente.

También quiero aclararles los siguientes puntos conocidos por muchos, aún desde la época en cuestión:
1) Según los testigos, “Pablo” en 1975 había cursado quinto año en la facultad de veterinaria de La Plata.

La realidad: ingresé en la facultad en 1974, por lo tanto nunca pude cursar quinto en 1975.

2) Según los testigos, “Pablo” ingresaba al centro clandestino en un “auto chiquito”.

La realidad: mi primer auto lo compré en 1987. No sabía conducir, tramitando el permiso de conductor en la Municipalidad de Ensenada, ya que en ese año residía en 124 entre 43 y 44 de dicha localidad. Una entrañable amiga que actualmente se domiciliaría en Los Hornos me enseñó a conducir.

3) Según los testigos, “Pablo” tocaba la guitarra y cantaba canciones de Mercedes Sosa, y “tenía buena voz”.

La realidad: jamás toqué instrumento alguno. El único tema que sólo me animé a entonar fue siempre el Himno Nacional, en las fiestas patrias en la escuela donde concurrían mis hijas.

4) Según los testigos, “Pablo” en esa época vivía en City Bell.

La realidad: en esa época vivía en 518 bis entre 4 bis y 5 de Ringuelet. Residí  en City Bell hasta los 17 años, y un pequeño período en 1974 en la calle Papini entre 14 bis y 15.

5) Según los testigos, “Pablo” era rubio.

La realidad: mi cabello es castaño y tengo ojos verdes grisáceos.

6) Según los testigos, “Pablo” tenía un hermano militar que “había muerto por la explosión de una bomba en una dependencia de la SIDE”.

La realidad: tengo un hermano fallecido por un accidente automovilístico en 2003.

Todos los que me han tratado por años conocen lo expuesto. Con ello, quiero darles la tranquilidad de que mi inocencia será el corolario de toda esta lamentable situación que hoy vivo yo y también vive mi familia, y sé que la justicia aunque lenta siempre llega.

Quiero realizar también una pequeña mención a informaciones periodísticas malintencionadas difundidas en Miradas del Sur con fecha 21/2/10 en la que se me acusa de ser el “más agresivo” de los guardias, así como la publicación de una foto el 13/3/10 por elargentino.com en la que estoy acompañado de cuerpo entero con un formidable e incondicional amigo, anunciándose que se ofrece una recompensa por su localización ya que se encuentra prófugo de la justicia. Valga agregar que mi amigo ya inició las acciones judiciales correspondientes por tal agravio. Asimismo en dicha foto se me tilda de “pescador rabioso”. ¿?

A todos mis clientes y amigos que me han hecho llegar por distintos medios su incondicional apoyo, les mando un abrazo, un hasta pronto o hasta que la justicia lo determine y reiterando un fraternal agradecimiento por la confianza recibida.

Doctor Claudio Raúl Grande
DNI 8.575.739
(Médico veterinario-preso político)


Palabras para la presentación del Libro “Noche de Lobos”, de Abel Posse, en la Feria del Libro

10 mayo 2011

Viernes 6 de mayo de 2011

Escrito por el Tata Yofre

Querido Abel. Estimada audiencia.

Es la primera vez que vengo a la Feria del Libro a presentar una obra. En verdad, me siento más cómodo rodeado de papeles cuyos contenidos ya no se pueden alterar.

Como carezco de tu imaginación y tu rica pluma, me defino como un simple cronista de mi tiempo. En este caso, el periodismo lo ejerzo buscando aquellos documentos que son útiles para rescatar del olvido a las personas y los hechos que no merecen permanecer en la oscuridad. En definitiva, Abel, vengo a decirte que me siento orgulloso de ser una suerte
de “auxiliar” tuyo. Se que vos a los viejos papeles le das una inspiración que yo no lograría alcanzar.

Vamos a tu libro, “Noche de Lobos”. Tú obra, disculpáme si no te agrada mi ejemplo, es una “caja negra” del drama argentino. La “caja negra” es ese instrumento que tienen los aviones más sofisticados, que sirven para resguardar las últimas conversaciones de los pilotos, los datos más precisos del navío, todo aquello que pretende conservarse en caso de accidente.
Prefiero dar esta imagen, que decirte que tu obra me recuerda en algunos de sus pasajes al Infierno de la “La Divina Comedia” del Dante.
No lo es por dos razones. Una porque el Dante escribió una alegoría y tú obra esta asentada sobre hombres reales, con nombres supuestos pero historias ciertas. También prefiero decirte que tu obra es una suerte de “caja negra” porque vivimos en un país que ha sufrido un “accidente”, muchos accidentes, en lo que va de mi generación.

Gran parte de “Noche de Lobos” transcurre en la Escuela de Mecánica de la Armada, la misma que supe condenar en 1977, 1978 y 1979. En otras
palabras, cuando había que hablar de la ESMA, yo hable de lo que pasaba en la ESMA. Debo decirte, querido Abel, que en aquellos momentos entre los que me escuchaban solo encontré temor, silencio e incomprensión.
No puedo olvidar aquel día de la final del Mundial de Fútbol de 1978, la gente festejando en las tribunas y yo pensando que ahí, a pocas cuadras, había gente sufriendo en la ESMA. ¿O no se recuerda que el equipo de Holanda no salió a recibir la medalla por haber alcanzado el segundo puesto?

Esos recuerdos y otras desgracias me hicieron valorar años más tarde la importancia de la Cámara Federal Penal de la Nación de 1971-1973 y el coraje de todos los que la integraron, porque le pelearon al terrorismo con los códigos en la mano. Por eso escribí “Volver a Matar”. Siempre agradeceré a los funcionarios de esa Cámara que se quedaban a dormir en las comisarías para cuidar a sus presos de cualquier sorpresa.

Seamos sinceros entre nosotros, después del 25 de mayo de 1973 no hubo Justicia tal cual nosotros la entendemos. Existió la ley de la calle.
Basta recordar, como eslabones de una larga cadena de asesinatos que conmovieron a la sociedad argentina, a José Ignacio Rucci, el almirante Hermes Quijada, Arturo Mor Roig y Rodolfo Ortega Peña. Todo esto transcurría en medio de las presidencias de Raúl Lastiri, Juan Domingo Perón y María Estela Martínez de Perón.

Con el desorden a flor de piel, Perón dio las “Instrucciones” para terminar con la infiltración marxista en el Movimiento, con todos los “medios que se consideren eficientes, en cada lugar y oportunidad”. En ese documento se pronunció la palabra “guerra”, ya escrita en los comunicados de las organizaciones terroristas. Después, el 7 de febrero de 1974, Perón pronunció la palabra “purificación”. Es decir, suprimir todo aquello que sea malo o extraño al cuerpo social. Así se entendió ayer, así se entendió después.

Después de mucha violencia, una suerte de “guerra civil intermitente”, como reconoció Montoneros en abril de 1989, el poder en la Argentina cayó en manos de las Fuerzas Armadas. “La sociedad, como me dijo un político temeroso en la soledad de su oficina, le dijo a las FFAA, terminen con este caos pero no me digan cómo lo van a hacer”.
Y Balbín no le fue a la zaga: Le dijo a Jorge Rafael Videla: “Terminen con esta agonía pero no esperen que los vaya a aplaudir…por mi educación, mí militancia no puedo aceptar un golpe de Estado.” Mal hecho, querido doctor Balbín, no se puede pedir un golpe y después andar silbando bajito con cara de yo no fui. No hicieron lo mismo en Chile, Eduardo Frei Montalva y Patricio Alwyn, tras el golpe del martes 12 de septiembre de 1973.
Raúl Alfonsín exigió algo parecido, en febrero de 1976, al general Ibérico Saint Jean en Chascomús.
¿Y qué nos dice un amplio sector del peronismo que se desentendió del gobierno de Isabel? ¿Y Montoneros? ¿Acaso Mario Eduardo Firmenich no afirmó “cuanto peor mejor”?

Así a los saltos, en medio de las bombas y los asesinatos, llegamos a la ESMA. ¿Y Qué fue la ESMA? Fue un lugar por donde pasó gran parte de la oficialidad joven, en su gran mayoría para cumplir órdenes. Ordenes. Y yo que una vez pase por una academia militar sé que “una orden, primero, se cumple” y si no se esta de acuerdo “después se levanta un recurso”. En el caso de la ESMA: ¿A quiénes iban a presentar un recurso los jóvenes oficiales? A nadie, porque el Almirantazgo los dejó librado a su suerte.
Al mejor estilo de aquél político cobarde: “Hagan lo que tiene que hacer pero no me lo cuenten”. Entonces llego a la ESMA la hora de la “tortura técnica” y la “desmesura”, que vos Abel narras como nadie. La hora del “Sultán”, un Rey, un Monarca, dueño de la vida y de la muerte. Detrás del “Sultán” estaba el personaje “Chavarri”, emparejado con la “Negra” Marta Bazán, un cuadro de las FAR, de quien “Goyo” Levenson, su suegro, siempre esperó una explicación de por qué había entregado a su esposa.
Murió sin encontrar respuesta. Recuerdo que me contó su historia durante su exilio y así se conoció en la Argentina.

A través de tu novela histórica recobran vida “Perrone”, “El Lobo” “Armando” y su novia “Greta Carrasco”. También se habla de “Natalio Kurten”, el que en la realidad intentó volar la Fragata “Santísima Trinidad”, entre otros graves atentados; el “Negro” Stille, quien se ligó afectivamente con “Greta” violando el código de conducta revolucionario, porque su esposo “Kurten” estaba preso; “Mendioroz”, un amante de los uniformes, a quien yo reconozco con los nombres de guerra “Mendricrim”, “Lauchón” o “Hernán”. Todos personajes siniestros que de haber triunfado nos hubieran implantado el modelo cubano, o “castrista”. En estos días lo ha reconocido Antonio Cafiero.

Ni qué hablar de “Rodolfo Gallindo”, un aventurero de la peor especie, al que tuve que tratar y sentarlo frente a Jorge Born en el “Hotel Lancaster” y así ir preparando el clima para el primer indulto de 1989. Lo junte con el empresario a quien le pidió perdón y le devolvió el reloj que le había robado en 1974, cuando lo secuestró. Pensé que iba a hablar de “reconciliación, de un país “vivible” y salió pidiendo dinero.

Resumiendo, a la Armada, tras el 24 de marzo de 1976, recibió la responsabilidad de “purificar” a la Argentina de los Montoneros. Lo hicieron muy mal pero lo hicieron. Su centro fue la ESMA. También fui impiadoso con ese centro durante mi vida en el exterior, entre 1979-1982.
Un muy cercano pariente mío, quizá un ejemplo de una sociedad que se mantenía (y mantiene) al margen de todo, como si nada los conmoviera, se puso a llorar, en Washington, cuando le mostré un informe de lo que allí pasaba.

Con la Argentina al borde del incendio y el quebranto como lo dejó Raúl Ricardo Alfonsín, con Carlos Saúl Menem llegaron los indultos, como una forma de poner un bálsamo en las tremendas heridas, en uno y otro bando.

Aún espero una palabra de Menem al respecto. Confío en que no pase a la historia de una manera tan indigna. Que la valentía que supo demostrar en algunos momentos no se melle ante los vientos del “progresismo” o el temor a alguna revelación de su íntimo pasado.

Lo cierto, Abel, es que en ese pozo negro de la ESMA entraron muchos, demasiados, personajes, tan bien reflejados en tu libro. Los que perdieron la guerra militar, hoy son vencedores. Y a los que triunfaron los convirtieron en “presos políticos” porque para llegar a ellos se violaron todos los preceptos jurídicos y consitucionales. Sus juicios no son juicios, son parodias. Es venganza. La humillación como dijo “Armando”

Fue reparador observar en el relato los nombres de Ignacio Pirovano, Nora Jaureguiberry, Hugo Caballero, Javier Fernández y Jorge Mourath, personajes que pasaron por el Palacio San Martín, en su gran mayoría, y que dejaron recuerdos muy gratos.

Quiero dejar una media revelación antes de irme y transmitir mi conclusión final. En una ocasión un presidente constitucional me pidió a través de altos jerarcas de su gobierno si yo podía hablar con un argentino amigo mío para que ayudara a que el capitán de la Armada, Ricardo Cavallo, no saliera de México, extraditado a España, cuando lo pedía un juez Garzón. Tomé esta solicitud como una “cuestión de Estado”. Hable con ese argentino, muy comprometido hechos que pasaron en la década del setenta. Después d escucharme, me dijo: “Si Tata, te voy a ayudar porque a esta página hay que darla vuelta”. Es decir, demostró una enorme grandeza. Así viaje a México y ayude al capitán Cavallo.
No se hizo más porque el “timorato” presidente no dio otra orden. Si hoy me volvieran a pedir un favor similar lo haría. Incluso por alguien que estuvo en lo que yo considero la mala senda con tal de terminar este clima de odio en el que estamos sumergidos. Como cuando me senté a conversar, como argentinos, con tus personajes Estefanich, Cirilo Gannan, “Bonfanti” y “Del Toro”.

Y me voy, ahora sí, con la conclusión. Esto es lo que yo pienso a mis 64 años, tras haber sido testigo y vivir innumerables acontecimientos. De esta posición no me muevo, a pesar de los agravios: Si ellos, los terroristas, hubieran ganado esa “guerra”, tal como la reconoció la Cámara Federal de 1985, esta Feria del Libro de hoy no se hubiera realizado, y muchos de los
que aquí estamos viviríamos en el exterior o hubiéramos sido fusilados.

Por razones muy privadas yo no voy a visitar a los presos en Marcos Paz, pero desde aquí les digo “gracias”. A pesar de sus enormes errores y sacrilegios, “Muchas Gracias” y aspiro a que salgan cuanto antes.